martes, 16 de noviembre de 2010

El día que fui feliz

Ayer tuve un día muy bueno. Después de un mes sin saber nada de mi chico, en la madrugada pudimos hablar un rato.
La verdad es que no dormí nada y tampoco pude hacerlo cuando nos despedimos, porque ya había planeado la salida de esa mañana y no podía aplazarla más. Así que me lavé la cara de zombi, me abrigué bien porque ya empieza a hacer frío (a mediados de Noviembre por fín comienza a hacer el tiempo que corresponde) y me fui con mi madre a Madrid. El acontecimiento del día era que comenzaban a vender los sets de Navidad de cosmética, en especial iba buscando la paleta de edición limitada de Urban Decay "Book of shadows vol. III". Tenía miedo de que se terminaran rápido, porque sé el furor con el que la esperábamos las fans de la marca. Urban Decay solo está en venta en Sephora, y de todos los Sephoras a los que pude haber ido a comprar mi paleta, elegí visitar el nuevo que han abierto en la Gran Vía, en el número 32. Espectacular es la palabra que se me ocurre para describir el sitio.
Llegamos sobre las 10 de la mañana y en la entrada había un trío de dependientes de Sephora, dos chicas y un chico, que amenizaban el rato con unos bailecitos al sonido de los videoclips musicales de las grandes pantallas que adornan la entrada. Me resultó curioso ver la coreografía tan bien acompasada de los tres ^^. Al rato, volvieron a entrar dentro y a ponerse en sus puestos en los distintos stands de la tienda.

Al entrar dentro, es imposible que no te llame la atención la grandísima armonía de colores que hay. Es el paraíso para las adictas al maquillaje, con marcas como Chanel, Dior, Nars, Urban Decay, Too Faced, Benefit y la esperádisima Make up forever. Es imposible que una fan del maquillaje como yo, no se sienta feliz pasando, aunque sea, 2 minutos allí. Estaba hasta nerviosa xD por lo que no miré bien todo con detenimiento como me hubiera gustado. En lugar de eso, estaba más pendiente de localizar el stand de Urban Decay y buscar mi paleta, la cual encontré enseguida. Había bastantes unidades, cosa que me tranquilizó, y también tenían otra buscadísima paleta, la “Naked”, pero no quise probarla porque, seguramente, me habría encantado y de momento no puedo comprarla, así que me evité esa agonía.
Después de acoger entre mis brazos a mi paleta querida, eché un vistacillo por encima al stand de Nars y de Make up forever. Me gustó bastante la primera impresión, así que volveré para investigar en profundidad.
Al ir a pagar a la caja, tenía la idea de solicitar la tarjeta de Sephora, pero no tuve necesidad de hacerlo, porque la chica que me atendió, me la ofreció. Imagino que debió ponérseme cara de tonta, porque hasta yo noté la gran curvatura de mis labios debida a una profunda sonrisa.




Me hubiera encantado mirar las cosas más detenidamente, pero estaba muy cansada, así que abandonamos el paraíso de los cosméticos y dimos una pequeña vuelta por La casa del libro. Tenía la intención de comprobar el precio de un libro que me habían recomendado encarecidamente que me leyera. Se trata del libro “Mujeres que piensan demasiado” de Susan Nolen-Hoeksema. Tras preguntar, di con el libro y pude comprobar con pena que el precio era el que me había imaginado y teniendo en cuenta que ya me había gastado todo mi presupuesto hasta el año que viene, en mi paleta, no podía hacer frente a esa compra.
Imprevisiblemente, mi mamá me ofreció un préstamo en el último minuto para que pudiera llevarme el libro. Tuve que rechazarlo un par de veces, pero el argumento que me puso ella, finalmente me convenció y acabé aceptando su préstamo. 

Después de comprar el libro, y de dar una pequeña vuelta por H&M, decidí que era el momento de regresar a casa. Estaba muy cansada y por la tarde tenía que ir a clase, así que cuanto antes volviéramos, antes podría descansar unas horas.
Durante todo el camino de regreso, no dejé de aferrar fuertemente la bolsa de Sephora en la que iban mi paleta y mi libro. Al llegar a casa, comimos algo puesto que apenas habíamos desayunado, y junto a mi madre, abrí entusiasmada y temblorosa mi paleta. Ni en mis mejores sueños, ni en todas las horas que me había pasado recopilando información y fotografías de las sombras, las había visto tan hermosas como en ese instante en que las destapé. Completamente ilusionada, las probé en la mano de mi mamá y las dos nos quedamos sorprendidas de lo bien que pigmentan y de lo preciosas que se ven en la piel. Al final, creo que le he contagiado mi entusiasmo a mi madre, porque las dos nos “peleábamos” por ver quién iba a ser la primera en maquillarse con ellas. Creo que le cederé el puesto a ella, y la maquillaré con los colores que más le han gustado. Si alguien tiene que tener el honor de estrenarla, sin duda alguna, es ella.

A pesar de que estaba cansadísima, me costó un rato conciliar el sueño, y es que estaba tan feliz, que no podía cerrar los ojos sin más. Claro que luego no me hizo tanta gracia cuando sonó el despertador recordándome que tenía que ir a clase, porque tuve que echarle todo el valor del mundo para levantarme de mi cama calentita y conformarme con las 4 horas de sueño que había tenido. Sin embargo, la sonrisa todavía me dura...

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